Epiphania 2

Epiphania 2

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Después silencio de nuevo, solamente esa respuesta escueta. Tan escueta como aterradora. Morsey estaba seguro de no haber articulado una sola palabra. Por lo tanto, solo cabía la posibilidad de que alguien, o algo, le hubiera leído la mente. Y mientras seguía en mitad de la negrura, y esa sensación, o mejor dicho falta de toda sensación. Solamente sentía sus pensamientos. Y esa voz.

Estaba intentando comprender todo aquello, ordenar sus pensamientos, repasar la secuencia de hechos que se había sucedido para llevarle allí. En eso estaba cuando un punto de luz comenzó a evidenciarse en la negrura. El punto pronto comenzó a ser una masa ondulante de color púrpura. Era una especie de masa brillante, como un líquido evolucionando en un espacio libre de un campo gravitatorio. Primero pareció hacerse más grande. Como si se acercara. Pero Morsey no estaba seguro si se acercaba o se hacía mayor. La atmósfera era onírica, hacía rato que había perdido contacto con la realidad. Luego comenzó a moverse lentamente hacia su izquierda, y luego a la derecha, rodeándolo. Cuando se encontraba detrás de él, se dio cuenta que no podía girar la cabeza, sin embargo, este hecho no le preocupó ni causó ansiedad. La luz apareció de nuevo por el otro lado al completar la vuelta alrededor de él. Al llegar a situarse enfrente, se fue ralentizando y finalmente se detuvo. Lo miró fijamente y de repente la masa pareció estallar y todo volvió a la realidad.

Morsey recuperó la sensación de su cuerpo. Su sorpresa fue encontrarse tendido en el suelo. Apenas podía mover la cabeza para mirar alrededor. La luz incorporada del casco iluminaba el techo rocoso a unos 5 metros de altura. Era una especie de tubo de lava. Junto a él estaban los dos robots de asistencia completamente destrozados.

—Aquí Morsey, ¿control? —Le costaba articular.

Inmediatamente el asistente del traje le informó que no había conexión con la base. Entonces sí sintió terror. Comenzó a ser consciente de la situación. Había sufrido una caída de más de 10 metros por la perforación. Pero ¿Cómo había llegado a un tubo de lava? Estaba perforando dura roca y había roto tres barrenas. Nada tenía sentido.

—Hola Morsey.

Otra vez esa voz. A punto de entrar en pánico, esta vez sí salió de su boca un chorro de voz.

—¡¿Quién o qué eres?!

—Calma Morsey, no te haré ningún daño.

—No estoy tan seguro de eso, aún no se si eres el responsable de que me encuentre aquí.

—Si culparas a una piedra en mitad de un camino, que te hace tropezar por no haberla visto, en ese caso sí, soy el culpable.

—¿Qué quieres decir?

Los pensamientos se le comenzaron a agolpar en la cabeza a Morsey. No tardó mucho en atar cabos y emitir absurdas hipótesis. Pero, ¿qué podía explicar todo lo que había sucedido los últimos 15 minutos? Esa extraña roca tan dura, ese tirón gravitatorio que experimentó al asomarse al agujero, la extraña ensoñación con la luz púrpura y finalmente esa voz que no salía de ninguna parte, sino de dentro de su cerebro. Todo eso le llevó a pensar en la existencia de algo allí mismo, un contacto con algo o alguien. Por absurdo que le pareciera, prefirió esa opción en lugar de pensar simplemente que lo que ocurría es que se había vuelto loco después de meses de soledad en ese alejado punto de Marte. “¡A la mierda con Ockham!” pensó.

—Tú intuición no te falla —Sentenció inmediatamente la voz.

—¡Basta ya de juegos!, ¿Quién eres?

—Antes estuviste más acertado al dudar entre otorgarnos la calidad de persona o cosa.

—De acuerdo, entonces, ¿qué eres?

—Digo que estuviste acertado al dudar, no que las opciones fueran válidas.

—Un momento, ¿has dicho otorgarnos antes?, ¿En plural?

—Efectivamente.

Morsey estaba abrumado, no sabía qué pensar. Tenía cientos de preguntas que formular. Pero no sabía cuáles hacer. De cualquier manera, esa cosa… ellos ya conocían sus pensamientos.

—No temas, no podemos leerte la mente, si es lo que estás pensando. No es algo tan simple.

—Respondes a cosas que pienso, ¿qué quieres que piense?

—Sí, tienes razón. Pero no puedo entrar en tus razonamientos íntimos, ni en otras valoraciones previas que tú realizas. Sí puedo percibir, los juicios que de alguna manera tu mente da por válidos.

—Creo que entiendo.

Eso le tranquilizó un poco. Pero sólo un poco, la situación seguía siendo  una locura. Era tal disparate, que incluso había olvidado la delicada situación en la que se encontraba; sin comunicación dentro de un tubo de lava, y a unos cuatrocientos kilómetros del puesto de control más cercano, el Strato de Fortuna Fossae. No sabía cuánto tiempo habría pasado en su ‘viaje’, por lo que no sabía cómo de avanzado estaría el protocolo de rescate.

—Habéis tardado mucho.

—¿Qué?

—Hace más de ocho mil años que esperábamos vuestra llegada a Marte.

—Vale. Un momento. ¿De qué va todo esto? No entiendo nada.

—¿De verdad? Venga, prueba a decir en voz alta lo que estás pensando.

—Bueno, entiendo que cuando dices ‘nosotros’ y ‘vosotros’, dejas claro que no sois humanos.

—Correcto.

—Así que, ocho mil años esperando. ¿Qué quieres decir exactamente con eso?

—Hace unos diez mil años disteis el paso. Todas las civilizaciones dan el paso.

A esas alturas, el cerebro de Morsey bullía. Se le agolpaban las preguntas. Cada sentencia que emitía la entidad, suponía más preguntas. “¿Qué quería decir con eso de que llevaban 8.000 años esperando?”

—¿De qué paso hablas?, lo dices como si fuera algo concreto, algo sabido —Prosiguió Morsey.

—Disculpa, doy por sentado que conoces lo básico. Como te puedes imaginar, y más con lo que te iré contando, existen y han existido infinidad de formas de vida inteligente en el Universo. Obviamente la mayoría no surgió de forma espontánea. Tampoco hace falta mucho, con un pequeño empujón, la entropía hace el resto. El proceso es como una siembra. La cuestión es que hemos observado que en  la práctica totalidad de las civilizaciones ocurre un salto de desarrollo. Al principio evolucionan muy lentamente, incluso con largos momentos en los que permanecen de una forma estacionaria. Esto no es ni más ni menos porque los esfuerzos van dirigidos a la supervivencia. No hay tiempo para más. Ese “salto” es algo abstracto; se podría definir como el momento en el que empieza a haber excedentes de los bienes básicos.

—Bien, me defines el “salto” en abstracto. Y en concreto ¿cuál es el salto en el caso humano?

—La agricultura. Con ella vino todo ese tiempo libre. Ahora los humanos podían dedicar tiempo a las actividades que más les complacían. Cualquier actividad, científica, artística, deportiva. En teoría esto debería haber acelerado el desarrollo tecnológico. ¿Lo entiendes? Esto ocurrió hace más de 9.000 años. En 9.000 años la mayoría de las civilizaciones había colonizado algunas estrellas cercanas a sus sistemas. Pero en el caso humano ocurrió algo. Se inventó un concepto bastante raro, no es único, pero si es raro. El ser humano decidió que las cosas pertenecían a las personas; inventó la propiedad privada más allá de los objetos personales. Hasta ese momento las comunidades humanas cooperaban para sobrevivir. Era el único camino. Pero cuando pasamos de ser cazadores-recolectores a agricultores-ganaderos se asimiló esto. Mientras no había agricultura nadie se planteó que la tierra pudiera pertenecer a alguien. No entraré en detallar como sucedió esta transición. Fue un proceso largo y complejo. La realidad es que pronto surgieron dos tipos de personas: los que poseen y los que trabajan. De manera inmediata una comenzó a imponer su voluntad sobre la otra. Cuanto más pasó el tiempo más irreversible era la situación.

—Todo esto que dices es lo natural, siempre ha sido así.

—Tú lo ves natural porque eres humano, y todo lo que has visto y aprendido está contado en base a una serie de construcciones morales y cívicas, que como construidas que son, son puramente artificiales, nada tiene eso de natural. Hay otra construcción que hace extraños e ilógicos a los seres humanos. Se trata del elevado valor que le dan a objetos que realmente no son valiosos. Por ejemplo, una gema, no es útil, no sirve para nada. Lo que hace a esta gema deseada es su escasez. Esa escasez hace que el ser humano que la posee se sienta especial, único. Y por lo mismo, hace que los demás anhelen poseer lo que tiene el otro, no sin un sentimiento amargo de envidia e infelicidad por no poseer ese insignificante e inútil trozo de mineral. Esto evidencia un desequilibrio intelectual a nivel de especie difícilmente superable. El ser humano tiene una necesidad patológica de sentirse superior a los que realmente son iguales. Por ver el absurdo en términos de lógica matemática; imagina un mundo habitado por seres que son el número dos. El valor de cada individuo sería indiscutiblemente dos. Sin embargo, cada uno de ellos se siente valer tres, o en los casos más delirantes, más de cuatro. Es un problema severo y endémico de cognición a nivel básico. Por supuesto, hay excepciones, pero no son las suficientes. Esta minoría se ver obligada a vivir de un modo que es impulsado por los otros.

Fin de la tercera parte y fin de Epiphania

Viene de Epiphania 1

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