Ostracon 3

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Se despertó Naiara agitada, pensando en el día que se echaba encima. Todo había ocurrido tan rápido. La vida entera hecha añicos por un rebote del destino. Aunque seguía confiada en que la sentencia a Arsenio fuera benévola, incluso la absolución. Ella no veía ningún delito en los actos de su chico.

Un par de horas más tarde se encontraba de nuevo en el juzgado, en aquella sala donde había tenido lugar la vista el día anterior. Una vista que enmascaró un juicio implícito. Un juicio a todas luces injusto, aunque de nada valiera pensarlo, pues no podrían hacer nada en contra. El sistema era una apisonadora en marcha. Habría que aceptar lo que viniera. Y lo que viniera ocurriría rápido, tan rápido como estaba yendo todo.

Comenzó la misma comedia del día anterior. Las esferitas de luz azul y en seguida la materialización de unas terminales de esa inteligencia artificial. Todo unido bajo cuerda. ¿LV15 no estaría unido a esa red también? Claro que sí, se respondió Naiara. Todo estaba unido, su inacción el día anterior al no alzar la voz para recurrir nada. Sacudió la cabeza una vez más tratando de despertar de un sueño que sabía que no era tal.

La jueza Lucena comenzó a hablar.

—Se procede a la lectura de la sentencia del caso GNN 15.736/45. La sentencia es en última instancia y sin posibilidad de recurso. Su aplicación además será inmediata.

Naiara temblaba. Las palabras eran tremendas, duras. Pero alzó la vista y vio a su izquierda a escasos 4 metros a Keti. Keti tenia los ojos rojos, hinchados. Posiblemente llevaba casi dos días sin dejar de llorar. Entonces Naiara comprendió porqué estaban allí. Había muerto un hombre, un hombre inocente. Un hombre lleno de anhelos iguales a los de ella. Estaba tan sumida en su egoísmo, en la más que posible e injusta pérdida de Arsenio, que no se había parado a pensar de lo que había ocurrido; un hombre por el capricho de otros ya no estaba aquí. Se armó de valor y se dispuso a escuchar el texto.

—El señor Federico Guardiola queda condenado por homicidio agravado con desprecio hacia la vida y la sociedad, al destierro en la isla de Ostracon en la costa norte. Como punto de entrada se le determina a un kilómetro al sur de la isla. Los señores Joao Costas, Antonio Riquelme y Fulgencio Marín quedan condenados por homicidio en grado de colaboración necesaria, y con los agravantes antes mencionados de desprecio, al destierro a la misma isla de Ostracon. En este caso, el punto de entrada será la playa Ribazos, situada en el sur de la isla. Finalmente, el señor Arsenio Marín queda condenado por homicidio pasivo, pudiendo haber evitado la tragedia, al destierro a la isla Ostracon, en este caso, su punto de entrada será la reserva de Punta Este.

Naiara estaba alucinada. ¿Qué era eso de isla Ostracon? ¿Qué clase de condena era esa? Nunca había oído hablar de esa isla, ni de condenar al destierro. Al menos fuera de los libros de historia. La juez prosiguió.

—Según el Nuevo Orden las conductas incompatibles con la vida en sociedad, deberán ser penadas con algún tipo de destierro. Se ha considerado a estos individuos incompatibles con nuestra sociedad. El desprecio demostrado exige una dureza especial en la pena. Estos individuos no sólo no son necesarios en nuestra sociedad, no sólo por no aportar nada positivo, sino además comportar un grave perjuicio para el resto. Por todo esto, mañana serán conducidos a la isla Ostracon. Antes se les concede una hora en privado con la familia para tratar los asuntos que consideren oportunos. Queda cerrado el caso.

Y con un golpe virtual, una vez más, cerró la sesión. ¡Naiara no sabía que pensar! ¡Una hora para despedirse de Arsenio! Y otra vez se preguntó ¿Qué coño era esa isla? ¿Qué significaba? ¿Volvería a ver a Arsenio alguna vez?

LV15 se le acercó por detrás a Naiara en su configuración de lata. Le dijo que lamentaba el fallo, pero que poco se podría hacer. Más bien nada. Naiara le respondió con desdén.

—Sí, vale… muchas gracias —pero justo cuando LV15 se daba la vuelta— ¡Espera! ¿Puedes aclararme algunas cosas? Supongo que no entiendes cómo me siento. Dudo que tus algoritmos puedan simular el cocktail químico que mis neuronas están disfrutando ahora mismo. Estoy abatida y confusa. Tal vez puedas ayudarme en estar menos confundida. ¿Qué es eso de isla Ostracon?

—Siento decirte que no sé mucho. Tan sólo que es una isla que hay deshabitada en la costa Norte. Hace unos meses decidieron destinarla a centro penitenciario especial. En realidad, no es un centro penitenciario. Se trata de una especie de zona de exclusión. Están llevando a los presos más peligrosos. Se supone que son gente que no ha valorado las ventajas de vivir en una sociedad ordenada con respeto, por lo que los envían allí donde se las tendrán que ver con las leyes que ellos mismos se impongan. Pero no sabemos nada más. Ni sus dimensiones, ni ubicación exacta ni nada. Lo lamento.

Naiara sacudió la cabeza en desesperación.

—Pero…sigo sin saber qué significa exactamente… ¿Volverá?

—Creo que no. Lo lamento Señora Aguirre. La isla está concebida para que nadie vuelva. Vaya a reunirse con Arsenio. El tiempo ya está contando.

Se dio la vuelta y se fue. Naiara se dirigió a uno de los agentes para preguntar dónde debía encontrarse con su novio. El mismo agente la condujo hasta él. Era una pequeña sala. Arsenio se encontraba esposado a una mesa con su mono azul. Al mirar una pared Naiara vio el típico espejo de vigilancia. Naiara se abalanzó sobre él.

—¡Hola Arsenio, cariño! ¿Cómo estás?

—¿Tú qué crees? Me han matado en vida.

—Parece que te han mandado a la zona más segura.

—Eso aún está por ver. ¿La más segura o en la que sufriré más tiempo? —sonrió Arsenio, y continúo— El Kini con suerte se ahogará pronto y fin de la historia.

—Te veo optimista —ironizó Naiara— sin embargo…

—¿Qué remedio tengo? —Arsenio la interrumpió— Estas son las cartas que me han tocado. Todo se ha venido abajo.

—Sí, es cierto. Pero también es cierto que estás vivo. Y te mandan a ese sitio… isla Ostracon… Mientras estés vivo hay esperanza… eh… este no es buen sitio para hablar.

Naiara se acercó a Arsenio a besarlo. Lo besó y meneó la cabeza para que su pelo le cubriera el rostro mientras le susurró al oído.

—¿Sabes? Creo que te voy a sacar de allí. Como te he dicho, estás vivo. No sé cómo ahora mismo, ni cuando… Pero haré lo posible para llegar allí y sacarte.

Arsenio se mostró escéptico. Y siendo realista, era lo más razonable. La hora transcurrió en una mezcla de actos de cariño, lamentos e intentos vanos de encontrar una luz en todo aquel desastre. Naiara pensó que fue la situación más extraña y patética que había vivido hasta ahora.

Al terminar el tiempo, un agente le pidió que abandonara la sala. Antes de hacerlo abrazo fuerte a Arsenio como tratando de llevarse eso consigo. Cuando le cerraron la puerta tras de ella, sintió derrumbarse y lloró en silencio.

Quería morirse cuando llegó a casa. La tercera noche sin él. La tercera de lo que se temía iban a ser muchas. Sólo quería llorar, pero ya no le salían las lágrimas. No podía creer que realmente no fuera a verlo nunca más. No podía creerlo. Era injusto, él no había hecho nada. La condena era desproporcionada.

Se estaba quedando dormida, cuando escuchó tres fuertes golpes en su puerta. Se levantó sobresaltada y corrió a la entrada. Acercó el ojo al visor y no vio a nadie. La luz estaba encendida, pero no había nadie. Abrió y corrió al hueco de la escalera, y no se oían los pasos de nadie. Pero sí el ascensor…

Volvió a su apartamento y al cerrar la puerta, se fijó que en el suelo había un sobre que decía: Sra. Aguirre.

Fin de la tercera parte

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