Ostracon 4

Ostracon 4

Índice Ostracon

Abrió el sobre temblando. Era una nota escueta que decía “Si quieres volver a ver a Arsenio, reúnete conmigo mañana a las 08:30 en el aparcamiento de motos de la plaza de San Telmo”. Naiara pegó un brinco. Se preguntó de qué trataba todo eso. Sintió terror, pero a la vez un resquicio de esperanza. ¿Era eso posible? ¿Era posible volver a verlo?

No podía dormir. La cabeza le llevo por caminos increíbles. Elucubrando todo tipo de opciones, sabiendo que era imposible imaginar lo que la realidad le deparaba. Estuvo varias horas dando vueltas hasta que el sueño la venció.

El despertador sonó a las 8:00. Sin esperar se puso en marcha. Tenía 20 minutos de camino al menos. Comió algo rápido, se puso la cazadora y salió de su apartamento. Condujo a toda prisa para llegar lo antes posible. Llevaba el tiempo justo. El reloj marcaba las 08:26 cuando detuvo su moto en un semáforo, desde el que se veía la zona habilitada para motos. Había varias motos aparcadas. El tráfico era denso, era plena hora punta. Empezó a sentir miedo, tuvo dudas de dónde se estaba metiendo. No sabía nada. Iba a ciegas.

Una moto se le paró justo a su lado, sacándola de su ensimismamiento. El conductor, con un casco de espejo, se giró hacia ella y le dijo: “sígueme”. Y sin más arrancó saltándose el semáforo a toda velocidad. Naiara no pensó, apretó el puño y su moto salió disparada. Según se alejaba del semáforo comenzó a escuchar la sirena de un coche patrulla, miró por el retrovisor para ver cómo un coche, en la segunda fila del semáforo, intentaba salir del bloqueo de los vehículos que tenía justo delante.

Naiara miraba a la moto que tenía que seguir que zigzagueaba entre los coches y alternativamente vigilaba el retrovisor. El coche patrulla pudo salir cuando los de delante se apartaron para dejarle paso. La moto de delante giró por una calle a la derecha y continuó su carrera. Naiara detrás se coló y perdió de vista por el retrovisor al coche patrulla. Era un coche de incógnito, no le perseguía por saltarse un semáforo. Pero si no era por eso. ¿Por qué era?

Después de varios minutos de frenética persecución, la moto de delante bajó el ritmo. Rodaban por una calle de una especie de polígono industrial cuando la moto se metió por un callejón muy estrecho. Naiara fue detrás. Al fondo había una berlina enorme de color negra. La moto se apartó y el motorista le indicó a Naiara con la mano que hiciera lo mismo al lado de él. Paró la moto obediente. Se quitó el casco y cuando iba a abrir la boca, el motorista le dijo —Entra al coche.

La puerta trasera derecha del coche se abrió. Naiara estaba muerta de miedo, pero ya era tarde para echarse atrás. Caminó despacio, y se asomó al coche.

Dentro le esperaba un hombre de unos 60 años. Perfectamente vestido con un traje a medida y pulcramente peinado. El hombre le invitó a entrar. Ella accedió.

—Buenos días señora Aguirre, soy el Señor Lambert —dijo el hombre.

Naiara se extrañó al oír ese nombre. El bufete que contrató se llamaba Abogados Lambert. Se preguntó si sería pura casualidad. Aunque lo descartó para fijar la certeza de que aquel hombre era el dueño del bufete. El dueño de LV15… Bastante habían hecho ya.

—Encantada Señor… Lambert —Naiara no se aguantó y siguió— ¿De abogados Lambert?

—Efectivamente —sonrió el Señor Lambert.

—¡Su abogado de lata no hizo nada! ¿Es que lo va a hacer usted ahora?

—No te impacientes. Entiendo tu enfado, tu frustración, tu rabia… Lo entiendo. Pero tal vez tienes que entender que las cosas han cambiado mucho. Debes entender que no hicimos nada en el juicio, porque no hay nada que hacer. Se mantienen las formas, pero todo es una farsa.

—Pero, no entiendo nada. ¿Y luego llamas a todos tus clientes para arreglarlo? ¿De qué manera?

—No, a todos los clientes no. Hacen falta dos requisitos. El primero ser inocentes, como el caso de tu novio. Y el segundo, no tener dispositivo inteligente móvil. Como es tu caso. Cumples los dos.

—Ya y con eso ¿qué podemos hacer?

—Impaciente, impaciente… Yo también tuve 25 años…Te pondré en antecedentes a ver si así confías un poco más. Aunque para serte honesto, no tienes más opciones. Pero creo que mereces una explicación.

—Y, ¿qué hay de los otros?

—No puedes preguntarme en serio eso. Eres una chica lista. Sabes de sobra que son escoria. En ese sentido apruebo su destino.

—Era simple curiosidad —se ruborizó avergonzada Naiara.

El Señor Lambert explicó a Naiara que pertenecía a una especie de fundación: La Iniciativa. Esta fundación era internacional e integrada por notables de todo tipo: científicos, pensadores, empresarios. Esa red formaba una especie de criptonación horizontal que impregnaba todos los países. Sus actividades iban desde boicotear cada una de las nuevas dictaduras de la Tierra, hasta conservar el medio ambiente, pasando por ayudar, en la medida de lo posible, a todas las víctimas de las mismas. Éste era el caso de Naiara.

Luego prosiguió contándole los detalles del “rescate” de Arsenio. Enumeró uno a uno los detalles de cada paso que tenía que dar. Era un plan arriesgado, pero era el único plan disponible. Y Naiara aceptó sin pestañear. Salió del coche y siguiendo las instrucciones, introdujo las coordenadas en la moto y se puso en ruta.

* * * * *

El furgón con los condenados avanzaba en dirección a la costa norte. Los escasos 400 kilómetros los recorrerían en menos de 3 horas. Allí, una lancha del ejercito los conduciría a sus respectivos puntos de destino. Además de los cinco, iba otro convicto condenado a isla Ostracon. Era un hombre de mediana edad, sobre los cuarenta. Les iba evaluando a todos, de arriba abajo. A diferencia de ellos, él tenía aspecto de ser un hombre curtido ya en mil batallas. De repente les preguntó.

—¿Qué habéis hecho en el colegio para que os manden castigados?

Los chicos se quedaron helados sin saber qué responder. No es necesario señalar que aquel hombre les imponía. Esto, añadido a la situación en la que estaban, agravó su terror. Nadie se atrevió a responder, se miraban unos a otros. Finalmente, Arsenio alzó su vista y cruzó su mirada con él. Y dijo.

—Matamos a un hombre.

—¿Tú? —preguntó el hombre— Tú no. Aquí el único asesino que hay es el valiente aquel.

Alzó la mano y señaló al Kini. No había levantado la cabeza desde que salieron. Seguramente era muy consciente de lo que le esperaba en unas horas. Luego el tipo, sin dejar de señalar, bajó el dedo hasta los zapatos de Kini, para indicarles el charco de orina. Y añadió.

—Los demás sois sus víctimas también.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Arsenio.

—Me llaman Pecas.

Un nombre así, en un hombre de su aspecto, resultaba inquietante. Uno habría esperado un nombre temible. Pero llamarle Pecas, resultaba terrorífico. Arsenio pensó que ese tío debía de saber algo más del lugar al que les conducían. Reunió fuerza y le preguntó.

—Pecas, mi nombre es Arsenio. Me preguntaba si sabes algo de Ostracon.

—¿Por qué crees que sé algo chico?

—Olvídalo, era una estupidez. —dijó Arsenio

—No, no, tranquilo. Tú pareces noble. ¿Cuál es vuestro punto de inserción?

—Yo en el refugio de Punta del este, estos tres van a la playa de Ribazos —dijo Arsenio señalándoles— y aquél… a un kilómetro de la playa de Ribazos…en el mar.

Pecas rompió a reír a carcajadas y dirigiéndose a Kini dijó.

—¿Qué has hecho meoncete para que te dejen ahí?

Kini no respondió y Pecas continuó hablando.

—Estarás muerto antes de caer la noche. Vosotros tres, tal vez lleguéis a mañana. Y tú —se detuvo meneando la cabeza hacia Arsenio—. Depende de ti.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que yo voy al refugio también. Eres joven y fuerte. Y yo he pasado muchos años en la cárcel. Según me han contado, en esa isla, uno más uno es mucho más que dos.

Arsenio asintió con la cabeza. Entendió lo que quería decir. O entendió lo que deseaba que el dijera. En el infierno el mejor amigo era un diablo. Sería mejor aferrarse a esa oportunidad. Pencho quiso participar también asustado por lo que dijo de su destino.

—¿Qué sabes de la playa?

—Poca cosa. Si fuera tú me alejaría de esos otros dos…

—Son mis amigos —le cortó Pencho bruscamente.

—Te quedan unas pocas horas para saber lo amigos que son —contestó Pecas.

—¿Qué ibas a decir? —exigió Pencho.

—Menos ínfulas. Tienes que aprender mucho de tu amigo el guapito —dijo Pecas refiriéndose a Arsenio.

—Es… —Pencho se paró en seco considerando que no era bueno que supiera su parentesco. No sabían nada de él.

—Pecas, ¿qué sabes de playa Ribazos? —intervino Arsenio.

—Es como un comité de bienvenida, les darán champán y canapés… —dijo Pecas con una sonrisa burlona—. En cuanto pises la arena, corre al bosque. No sé más.

Arsenio cogió la mano de su hermano y dejó deslizar unas lágrimas deseando que nadie las viera. El furgón siguió su curso hasta el puerto. Ya casi estaban llegando. En unas pocas horas descubrirían qué era eso de isla Ostracon.

Fin de la cuarta parte

Viene de Ostracon 3

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

2 comentarios sobre “Ostracon 4

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *