Ostracon 5

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Naiara debía estar antes de las 21 horas en el lugar que le habían indicado. Era un viaje de unas 4 horas por carreteras y caminos secundarios. Debía evitar las vías principales. Eran sobre las 10 de la mañana aún. De modo que tenía 11 horas para hacer el recorrido. Estuvo tentada de ir a casa a recoger algo. Pero las instrucciones del señor Lambert fueron claras. Teniendo la moto cargada a tope como la tenía, no pasar por casa, ir directamente al lugar indicado. Allí tendría que abandonar la moto en un pequeño bosque, y continuar a pie hasta el punto de extracción. Le aconsejó que partiera ya mismo hacia allí y esperase oculta en el mismo lugar donde abandonaría la moto hasta la hora.

La moto serpenteaba suavemente por una carretera de montaña, llena de curvas. Subía por una cuestecita hacía un collado. Al llegar al punto más alto miró por el retrovisor, vio la ciudad a unos 20 km. Supo que aquel vistazo era una despedida. A pesar de no haber dicho nada al respecto el Señor Lambert, Naiara estaba segura de que jamás volvería allí. Tampoco era difícil entenderlo, iba implícito en la situación en la que se habían visto sorprendidos ella y Arsenio en los últimos días.

Lambert le había dado la ruta perfectamente detallada. El navegador de la moto le fue indicando de manera precisa dónde tenía que seguir en cada cruce. Incluso un lugar apartado en un pueblo donde alguien le daría una bolsa con comida, y un lugar discreto donde comerla y descansar.

Al llegar al punto de encuentro, efectivamente, se encontró con otro motorista similar al que le condujo al coche de Lambert. Según se acercó le tendió la mano con una mochila. En cuanto la cogió, el motorista le indicó con un gesto que no se detuviera. Así que, eso hizo. Continuó unos kilómetros hasta un pequeño cañón con un río. En el punto indicado había un puente que cruzaba el río. La zona estaba completamente desierta. No había visto a nadie en kilómetros, ni en la carretera ni en el campo.

Condujo la moto hasta debajo del puente donde comió un poco. El lugar era ideal para el descanso. El ruido suave del río y los pájaros, el silbar de las hojas de los árboles con el viento. La gente de Lambert lo había preparado todo perfectamente. Eso le hizo confiar. Por primera vez en varios días, tuvo un pensamiento positivo. A pesar de saber que su vida nunca volvería a ser la misma, sin embargo, había un poco de luz allí. Allí mismo, mirando al río, hipnotizada por el tránsito del agua sin pausa hacía el mar, haci a el mismo mar que se dirigía ella. Sí, definitivamente, se sentía en buenas manos, y no sólo porque no le quedara más remedio, sino porque tenía la sensación de que todo saldría bien.

Montó en la moto y continuó su camino. Quedaban tres cuartos de hora escasos, según el ordenador, para llegar al lugar donde debía ocultar la moto. Lo que le quedaba eran carreteras de montaña descendiendo hasta el mar. Conforme iba bajando la falda de la cordillera litoral, el cielo se fue cubriendo de nubes. Una sensación de humedad y frescor agradable se le fue colando por el casco. Todo le comenzó a hacer sentir euforia y emoción. Incluso se sorprendió pensando que estaba disfrutando de todo aquello. Lo que al instante le hizo sentir remordimientos al contrastar ese fugaz pensamiento con la realidad en la que se encontraba Arsenio. Pero el cerebro es así, es libre, los pensamientos fluyen desembridados, antes de pasar por el “tamiz” de la razón.

Dando un par de vueltas más a aquello, entendió el porqué de su euforia contenida. En el fondo, Naiara hacía tiempo que se sentía cumpliendo una condena. Vivir bajo el Nuevo Orden, no era lo que le habían contado de niña que era la vida. Ni tampoco se parecía a lo que recordaba acerca de lo que le habían contado sus padres que habían sido las vidas de ellos. Todo aquello le estaba dando esperanza. Esa “Iniciativa”, era una luz… ¿Qué es lo que pretendían hacer? ¿Restablecer el sistema anterior? Aunque claro… Eso no sería para ellos. Si el plan de Lambert resultaba ser exitoso, comenzaba otro problema… Arsenio y ella serían fugitivos. El Señor Lambert le había hecho varias propuestas de lugares donde podrían ir después. Al parecer algunas de las reservas Cesecés y otras de la cornisa norte, estaban controladas por ellos. Pero sería lo mismo, otra jaula.

Sin parar de centrifugar la mente, y sin darse cuenta, Naiara llegó al punto indicado en el ordenador. Allí tenía que buscar algún lugar donde ocultar la moto, y también esconderse ella hasta que cayera la noche. En seguida encontró una rocas y maleza alejadas del camino. Recostó la moto en una depresión y la tapó con ramas y hojas. Después encontró un lugar cerca, oculto y elevado para poder vigilar bien. Una suave brisa le trajo el característico olor a sulfuro de dimetilo que le confirmaba estar muy cerca del mar.

* * * * *

El furgón que conducía a los 6 convictos se detuvo bruscamente. Unos agentes les hicieron salir. Al principio se cegaron con la luz del día. Pero en seguida vieron que se encontraban en una dársena, frente a una lancha militar de unos 90 pies. Sin mediar mucha conversación les condujeron a la estrecha pasarela de embarque. La fila de reclusos discurría lenta hacia su destino. Los instalaron en una bañera a popa.

Les informaron que la isla se encontraba a casi 20 millas de la costa. Tardarían en llegar una hora. No sin antes parar para dejar al Kini en su lugar de entrada en la “isla”. Tras un intercambio de órdenes entre los oficiales de tierra y mar, el barco zarpó. Arsenio miró las montañas alejándose lentamente mientras el barco atravesaba la bocana. Se preguntó si eso era todo, si las volvería a ver.

El tiempo pasó tan rápido que antes de lo que se esperaban divisaron una isla emerger de la bruma más allá de la proa de un barco. Uno de los militares desde el puente gritó

—¡Punto de entrega alfa!

Inmediatamente el barco detuvo su marcha. A todos se les heló la sangre intuyendo lo siguiente que ocurriría. Pero ninguno abrió la boca. Ni siquiera Kini tuvo fuerzas para nada. Sin mucha ceremonia, un militar leyó un pequeño párrafo indicando la ejecución de la sentencia firmada por la juez Lucena.

—En cumplimiento de la sentencia GNN 15.736/45 se ordena el desembarco de Federico Guardiola, Kini, por haber dado pruebas suficientes de inadaptación a la sociedad y declarándole no merecedor del disfrute de la misma.

Otro militar abrió la portezuela de la bañera que daba a una plataforma a popa. Le ordenaron poner en pie a Kini, le quitaron los grilletes y le hicieron entrega de un aro salvavidas. El marinero que estaba a su lado le acompañó hasta la plataforma y le indicó que saltara ya. Entonces el Kini estalló.

—¡No quiero morir! ¡Hijos de puta!

Se abalanzó sobre uno de ellos, que lo esquivó hábilmente. Mientras el marinero que estaba en la portezuela le agarró del hombro y aprovechando el propio impulso que había tomado el Kini, lo empujó al océano. El barco reanudó la marcha. El Kini no volvió a ver el sol al día siguiente.

El kilómetro restante hacía la isla, lo recorrió el barco en menos de cuatro minutos. Conforme se acercaban se fue haciendo nítida la línea de costa y se distinguían perfectamente unas figuras que se movían por la playa. El terror no se podía esconder en los rostros de los tres próximos pasajeros que abandonarían el barco. El terror y la pena infinita en el rostro de otro más que sabía que su hermano pronto pasaría por un terrible trance.

Perpendicular a la línea de playa una estructura de madera y metal se adentraba desde la misma hasta el mar. Un estrecho y largo muelle de unos 100 metros. Cuando estaba a punto de atracar en el extremo del muelle, el marinero que había en una torreta sobre el puente de la lancha, comenzó a abrir fuego sin previo aviso sobre los individuos que corrían por la playa. Aquellas personas que corrían para salvar su vida no daban exactamente miedo. Más que una manada de peligrosos reclusos, parecían un puñado de harapientos zombies que a penas podían correr. Arsenio pensó que en el fondo tenía sentido, en esas condiciones, estarían mal nutridos y sin muchas fuerzas. Lo cual no quita que realmente fueran peligrosos, y más en grupo.

Cuando todas aquellas personas estuvieron fuera de la vista ocultos en el bosque, el barco por fin hizo la maniobra de atraque. De vez en cuando se oía una ráfaga, para mantener a raya a aquella gente. Entonces el mismo militar de antes, y con la misma ceremonia raquítica que habían presenciado hace unos minutos, leyó la sentencia del Potro, Pencho y Costas. También les explicaron que no se podía salir de la isla. Existía toda una red perimetral de vigilancia tanto diurna como nocturna. Eso en caso de que alguien tuviera el valor de jugarse la vida en ese mar implacable. Convenientemente les quitaron los grilletes y les invitaron a bajar al muelle. Les advirtieron que lo hicieran lo antes posible. El barco esperaría 2 minutos antes de seguir. En esos 2 minutos el artillero mantendría a los habitantes de la isla fuera de la playa. Por lo que sería mejor desembarcar cuanto antes. Una vez que la lancha hubiera zarpado, los convictos de la isla se abalanzarían sobre ellos, siendo blanco más fácil en el muelle.

Arsenio se acercó a su hermano para darle un abrazo. Pero antes de que lo pudiera alcanzar uno de los militares le soltó un culatazo dejándolo tendido en el suelo.

—Pencho, ¡te buscaré! —gritó Arsenio.

—Sí, luego quedáis en algún bar. —dijo socarronamente el militar que acababa de derribarlo.

Los tres bajaron del barco, entendiendo que no tenían otra alternativa. Corrieron por el muelle los 60 metros que los separaban de la playa. En cuanto tocaron la arena corrieron como locos. Pencho recordó lo que había dicho Pecas. Así que dio un quiebro y siguió corriendo en otra dirección. Dejando a Costas y Potro por otro camino.

Pencho vio un macizo frondoso de arbustos y se dirigió a él para esconderse. Justo cuando se acercaba, por un extremo del campo visual vio que dos individuos salieron de detrás de un árbol corriendo hacía él con unos garrotes enormes. Cuando estaban a menos de cinco metros de él, escuchó “tac, tac”. Y los dos pobres diablos cayeron muertos sobre el suelo. Pencho dio gracias al artillero, o más bien, al control de guiado balístico automático.

Una vez recuperado del susto, Pencho siguió corriendo hasta llegar al macizo vegetal. El bosque era oscuro. Confió en que nadie más le hubiera visto entrar allí. Ni siquiera los que habían sido sus amigos.

La lancha enfiló camino hacia la próxima parada. Arsenio se preguntó la pinta que tendría ese “refugio” de Punta del Este. Y hacia allí se abrían camino navegando en dirección a levante. Al cabo de 10 minutos, llegaron a una bahía muy abrigada. Un puerto natural de manual. En una zona de menos vegetación, más allá de la playa, había un edificio que estaba a medio construir. Se reducía a una estructura y algunos tabiques.

Los militares ordenaron a Pecas y Arsenio dirigirse a popa. Acababan de arriar un bote neumático. Los embarcaron allí junto con la escolta de cuatro militares. En tierra Arsenio vio que había gente, pero la apariencia era diferente que en playa Ribazos. Allí nadie corría, más bien estaban tranquilos, cada uno concentrado en una actividad. El bote los condujo a la orilla en el extremo opuesto de la bahía donde se encontraba el edificio. Les ordenaron bajar, y el bote volvió a la lancha.

Arsenio observó todo. Estaba demasiado tranquilo, lo que le intranquilizó. Pecas más decidido, le dijo.

—Vamos chico, a que esperas, vamos a conocer a nuestros compañeros de piso.

—No, espera. Esto no me gusta —observó Arsenio.

—¿Qué te pasa? —preguntó Pecas vuelto hacia Arsenio.

—No me gusta Pecas, yo no voy allí.

En cuanto la lancha salió a mar abierto, Arsenio observó que todos los reclusos comenzaron a caminar lentamente hacia ellos.

—No te gires Pecas. Corre detrás de mí. ¡Ahora!

Y Arsenio salió corriendo hacia el bosque, perdiéndose en la negrura. Seguido por Pecas.

Fin de la quinta parte

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