Ostracon 6

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El sol se había puesto hacía un cuarto de hora. Naiara se puso en camino siguiendo las instrucciones que le habían dado. Caminó hacia el este y en seguida salió del bosque. Salió a lo que pareció ser un inmenso prado. La noche era oscura a pesar de que el cielo estaba despejado, lleno de estrellas. Sin embargo, la luna estaba oculta bajo el horizonte. No había salido aún, lo que impedía que hubiera una buena visibilidad. Caminar por aquel inmenso espacio abierto le hizo inquietarse. En seguida llegó a otro macizo de árboles. No quitaba el ojo del mapa en su navegador. No era una opción la de perderse. Las instrucciones que le dejaron estaban muy claras.

A los pocos metros de adentrarse en el bosquecillo, la pendiente se pronunciaba vertiginosamente. La ladera tendría unos cuarenta y cinco grados. Todo seguía según el plan. Tendría que bajar por ese bosque hasta el nivel del mar. El agua debería estar allí mismo, a un par de cientos de metros como mucho. Pero la masa de vegetación impedía verlo. Ría de Tina Menor, decía el punto de destino. Naiara no lo había oído en su vida.

A los pocos minutos, alcanzó la carretera que marcaba el mapa, la atravesó corriendo, y volvió a la protección de los árboles. Y ya no tardó nada en percibir entre los troncos de los árboles el reflejo agitado de la superficie del agua. Llegó al límite del bosque, y allí junto a un tronco se agazapó y esperó.

La marea estaba bastante baja, había unos metros de pendiente hasta el agua. Olía a cieno y algas en descomposición. Naiara se inquietó al dudar por un momento sobre lo que estaba haciendo. Pero ya no había vuelta atrás. No quitaba ojo del agua, por donde tendría que venir un transporte a recogerla. Pasaron los minutos y allí no pasaba nada. Se sintió en mitad de la nada, entre un bosque y el agua de una ría. De pronto escuchó un leve chapoteo, como si algo golpeara el agua rítmicamente. En medio de la negrura emergió un bote neumático de unos dos metros y medio. ¡Sin tripulante!

La sorpresa le duró poco.  A esas alturas ya todo le parecía normal. Comprendió que debía montar en el bote. —Naiara confía— se dijo. Aunque, por otra parte, no le quedaba otra. Embarcó y al instante se puso en movimiento suavemente. Impulsado por un silencioso motor eléctrico, dio la vuelta en redondo y avanzó hacia lo que supuso era el mar. A penas podía distinguir el curso de la ría. Se podían ver con facilidad los bancos de arena más claros, que contrastaban con la oscuridad del agua. Por lo que más o menos se podía ir orientando. Primero viró a la izquierda siguiendo la curva del curso del agua. Después viró hacia la derecha. Conforme iba avanzando por este giro fue sintiendo el oleaje cada vez más intenso. Además, por delante ya solamente tenía la negrura total.

El bote se adentró en el mar abierto. Por suerte las olas no eran muy grandes, y la embarcación las negociaba bien. Naiara estaba aterrorizada. No habrían pasado ni dos minutos cuando delante de ella se comenzó a vislumbrar una mancha blanca. Y casi seguido, el viento le trajo el sonido de un motor. Esta vez no era eléctrico, muy al contrario, sonaba algo viejo. Eran los petardeos típicos de un motor diésel. La mancha blanca pronto desveló ser una enorme vela flameando a la vía, mientras el velero se mantenía aproado. Naiara notó cómo sus pulsaciones aumentaban ligeramente.

Cuando quedaban unos veinte metros para llegar al velero, un hombre situado en la popa agitó su mano alzada saludándola. Incluso le pareció que le sonreía. De pronto se tranquilizó. Tal vez por ser la primera persona que le había sonreído en varios días, o tal vez por la seguridad que le transmitió aquel hombre de mar de aspecto curtido. Cuando casi había llegado a tocarlo, en el espejo de popa, Naiara leyó en letras azules “Mintaka”, seguido del dibujo de una estrella también azul de nueve puntas.

—Hola Naiara, soy Colin— dijo el hombre con una gran sonrisa mientras le tendía la mano.

—Hola Colin —balbució Naiara.

—Tranquila, no me mires con esa cara. Estás en buenas manos.

—No, no es eso… es… tu acento, no lo esperaba— dijo mientras subía al velero.

—Soy irlandés. Espero que no te suponga un problema— contestó Colin mientras reía.

—En absoluto, sólo que me ha sorprendido.

Naiara entró en la bañera del velero. Mientras Colin izaba el bote, ella miró alrededor. Mintaka era un velero de unos sesenta pies, con un aparejo ketch. No tenía ninguna luz encendida. Cosa que a Naiara no le sorprendió en absoluto.

Cuando Colin terminó de asegurar el bote, se dirigió al timón. Y le preguntó a Naiara.

—¿Sabes navegar a vela?

Naiara negó con la cabeza. Colin desconectó el piloto automático y suavemente giró la rueda de timón, haciendo caer al velero a estribor. La vela dio dos fuertes golpetazos, hasta que se hinchó. El barco se escoró hacia sotavento y comenzó a ganar velocidad. Cuando llegó a los seis nudos, Colin desconectó el motor. Y en aquel momento Naiara sintió la magia. La interrupción del ruido del motor dejó paso al silbido del viento en la vela, y un danzar cadencioso del casco sobre las olas. Colin fijó el rumbo a veintidós grados en el piloto automático. Entonces, continuó con una coreografía de cabos, winches y poleas que Naiara observó con una admiración hacia un arte desconocido.

Con cada vela que desplegaba, el barco subía una porción de nudos que se acumulaban. Cuando volvió a la bañera, en la corredera se leían 8,3 nudos. A Naiara no le pareció gran cosa. Pensó que a dondequiera que fueran, tardarían siglos.

—¡Ocho coma tres!— exclamó Colin —Este barco es rapidísimo.

Naiara se quedó pasmada, no entendía de barcos. Pero sabía lo que era un nudo, y esos 8,3 eran poco más de quince kilómetros por hora. Pensó que con su moto cogía con facilidad diez veces esa velocidad. Pero supuso que para un barco eso era una gran velocidad. Así que le comentó a Colin.

—La isla se encuentra a unos cincuenta kilómetros, por lo que a esa velocidad, nos llevará unas tres o cuatro horas llegar a ella. ¿no?

—Bueno, a la isla sí. Pero yo te tengo que llevar al extremo oriental. A Arsenio lo dejaron en el refugio de Punta Este.

—Así es— confirmó Naiara.

—Pues eso son doce millas más, y otras tres hasta el punto de encuentro. Unos veinticinco kilómetros más, setenta y cinco en total. Si no hay ningún contratiempo, llegaremos a las tres de la mañana.

El velero avanzaba cadenciosamente sobre las olas. La noche y el océano se lo tragaron rumbo norte noreste.

* * * * *

Arsenio y Pecas corrían a través de la maleza perseguidos por una jauría humana. El terror que sentían no era a morir, sino a las mil maneras que se les ocurría que podría ser ese tránsito de manos de aquella horda. A penas había luz, el sol se acaba de meter y tan sólo contaban con una tenue claridad crepuscular. Pero le bastó a Arsenio para ver una salida a aquello, tras unas rocas vio una estrecha vereda que subía hacia una colina. O lo que supuso que sería una colina, entre la vegetación y la oscuridad era imposible orientarse.

Continuaron subiendo hasta que dejaron de escuchar los gritos cerca. Tan sólo algún exabrupto aislado de vez en cuando. No sabían que hacer. Arsenio estaba sorprendido de la reacción de Pecas. Había confiado en que alguien como él, pudiera ser más resolutivo en una circunstancia así. Sin embargo, estaba más aterrorizado que Arsenio, incluso bloqueado.

—Vamos a quedarnos aquí— dijo Arsenio con autoridad.

—Me parece bien, tampoco veo más alternativas— convino Pecas.

—Cuando claree por la mañana, ya veremos que se puede hacer. Ahora mismo mi objetivo es seguir vivo dentro de cinco minutos.

Al cabo de un rato las voces y gritos cesaron completamente. No se escuchaba más que el viento. Los dos estaban extenuados, no tanto del esfuerzo físico, como del desgaste psicológico. En ese momento de relativa relajación, Arsenio pensó en cómo había llegado allí. Hacía unos días, tan sólo unos pocos días, su vida era normal. Y Ahora…

Fin de la sexta parte

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