Ostracon 8

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Pecas se había quedado dormido al pie del peñasco en el que se habían refugiado. Era un peñasco de unos 10 metros de altura en mitad del bosque. Arsenio no entendía cómo Pecas podía dormir. Él era incapaz de conciliar el sueño, a pesar del agotamiento, no podía perder la atención sobre cada ruido que llegaba desde lejos. De vez en cuando la brisa le traía alaridos y gritos de aquella horda. Le tranquilizaba saber que era lejos. Aunque eso no significaba nada, en unos minutos podría tenerlos allí mismo. Por eso no entendía a Pecas. Meneó la cabeza mirándolo. Trató de imaginar la vida que habría llevado, y sólo así, se acercó a comprender que, para Pecas, esto era un día más en su peligrosa vida. O tal vez todo lo vivido por él le hacía observar los acontecimientos con una perspectiva muy diferente. Tal vez simplemente aceptaba las cosas que llegaban. Un repentino grito sacó de sus divagaciones a Arsenio. Había sido muy cerca, no más de cien metros. Nervioso, comenzó a agitar el hombro a Pecas, que de un respingo se incorporó inmediatamente.

—¿Qué pasa? —preguntó con los ojos fuera de sí.

—He escuchado un grito muy cerca. ¿Oyes?

Justo en ese momento una algarabía estalló claramente cerca. Entre los árboles pudieron ver la luz de algunas antorchas. Se les heló la sangre al comprobar que llevaban dirección a ellos. Arsenio miró al peñasco y le dijo a Pecas.

—Tenemos que escalarlo, ¿te ves capaz?

—No hay otra. Si es necesario soy capaz de volar. Cojamos unos palos también. Nos complicará la escalada… pero… nos harán falta.

Buscaron dos buenos garrotes que les sirvieran de rudimentaria defensa y comenzaron a escalar. Por suerte la roca tenía bastantes entrantes y fue relativamente fácil ir progresando hacía su cumbre. Claro que por la misma razón sería fácil el ascenso para sus perseguidores. Aunque contaban con la ventaja de que ellos no sabían que estaban allí. Era muy probable que pasaran de largo.

En un par de minutos estaban arriba. Desde aquella posición privilegiada, pudieron ver evolucionar las antorchas entre el follaje. Iban de aquí para allá. Se oía un grito y varios corrían hacia allá. Arsenio y Pecas sabían que estaban cerca, sabían que habían encontrado un rastro. Arsenio susurró con desesperación.

—Pero, ¿por qué nos persiguen? ¿Por qué este recibimiento hostil?

—¿Has visto mucha comida por aquí? —sentenció Pecas.

Arsenio comprendió. No había posibilidad de enfrentarse a aquello desde un punto de vista racional. No había la más mínima posibilidad de bajar y discutir con ellos condiciones de ningún tipo. Comprender eso le terminó de abatir. Y para rematé, Pecas, verbalizó lo que Arsenio estaba pensando.

—Creo que esto es el final. No veo ninguna posibilidad de vivir escondido en esta isla. No sé si vale la pena luchar… Van a hacer una barbacoa con nosotros.

Aquellas palabras cayeron como una tonelada de dinamita sobre Arsenio. Sintió como si se mareara y perdiera el equilibrio. Se dejó caer al suelo de rodillas. Al tocar el suelo y en la oscuridad, no vio una roca de unos cuarenta centímetros que había en equilibrio a su lado. La rozó con la rodilla lo suficiente para que rodara hasta el borde de la peña y cayera al suelo del bosque atravesando las ramas de los árboles. En el silencio de la noche, ese sonido se pudo traducir como: «¡Ey chicos!, estamos aquí». Las voces se multiplicaron por todas partes mientras las antorchas se dirigían hacia el lugar donde había caído la piedra.

—Perdona Pecas. Lo he estropeado todo.

—¿En serio? Yo creo que lo has mejorado… Por fin acabará todo esto.

Arsenio se asomó para mirar y ya habían empezado a escalar. Recordó que a ellos los había llevado menos de dos minutos hacerlo. Recorrieron el perímetro del peñasco para ver por dónde subían. Parece ser que sólo había un punto de acceso fácil. Eso les podría dar una oportunidad. Pero, ¿Una oportunidad para qué? Pensó Arsenio dejándose llevar por las palabras de Pecas. Sin embargo, inmediatamente, poniéndose de pie de un salto se dijo que no vendería su piel barata. Si iba a morir, se llevaría a unos cuantos por delante. Agarró el garrote y se dirigió al punto de acceso. La luz era tenue, pero su vista estaba acostumbrada a la oscuridad. Sería suficiente para reventar la cabeza del que asomara por allí.

Los segundos se hicieron eternos esperando esa cabeza que asomaría sin esperarse el impacto. En silencio, atento a cada arañazo en la roca Arsenio sintió muy cerca la llegada de su enemigo. Y así fue, aquel salvaje asomo su cabeza, y Arsenio no lo pensó dos veces. Descargó un fuerte golpe contra su cráneo que crujió, para seguidamente desplomarse al vacío atravesando ramas y dar un golpe fuerte en el suelo.

La horda de salvajes comenzó a gritar. Llegaban algunas palabras amenazantes hacía ellos. Cosa que no afectó a Arsenio, ya que no podían estar las cosas peor. Dejándose llevar por la adrenalina y la euforia de una pequeña victoria, gritó:

—¡Venga! ¡Id subiendo, tengo para todos!

Los gritos abajo arreciaron con más intensidad y odio. Arsenio se preparó para recibir al siguiente, cuando oyó decir a Pecas.

—Arsenio, están subiendo por aquí también.

—¡Pues coge el garrote y defiende tu posición!

Arsenio no se conocía ni a sí mismo. La situación límite estaba sacando de él a una persona desconocida. Toda esa tensión, ese riesgo inminente a perder la vida, le habían hecho perder todo el miedo. No pensaba, sólo actuaba. Arsenio mandó a conocer al creador a otro más. Y luego otro. Escuchaba a Pecas hacer lo mismo. Pensaron que mientras no encontraran otra vía de ataque, estarían a salvo. Por el momento.

Hubo un golpe que le sonó distinto a Arsenio. Más cercano. Seguido escuchó un alarido. Lo que le paralizó fue que ese alarido era de Pecas.

—¡Hijo de la gran puta! ¡Me has destrozado la rodilla!

Arsenio se giró y pudo ver en la oscuridad a Pecas tambaleándose, mientras se liaba a golpes con uno de los salvajes que le había sorprendido por la espalda. Con un par de golpes de garrote le había abierto la cabeza.

—¡Han abierto otra vía! —gritó Arsenio.

—Sí, pero este está neutralizado.

Por un momento se volvieron a venir abajo. Arsenio se asomó para vigilar su vía. En ese momento no venía nadie. Miró hacia atrás intentando detectar cualquier movimiento en aquella diminuta cima de poco más de cien metros cuadrados. Levantó la vista al cielo como buscando una solución. El cielo estaba cubierto y no se veía ninguna estrella. En medio de aquella negrura trataba de encontrar un poco de paz. Cuando de repente, una sombra a unos metros sobre ellos le devolvió a la realidad. Era tan delirantemente inverosímil la escena, que tardó unos segundos en darse cuenta de que lo que tenía delante era real. A penas pudo decir:

—Naiara.

* * * * *

Naiara se sentía extraña en la estrechez de las entrañas de aquel artilugio volador. Pero estaba todo en la línea de lo visto después de salir de la ciudad. Nada había vuelto a ser normal. Decidió centrarse en lo que estaba. Su misión. Rescatar a Arsenio y llevarlo de vuelta sano al Spica. Se fijó en el punto púrpura de su interfaz. La distancia decía tres mil doscientos metros y bajaba a una velocidad de vértigo. Calculó mentalmente que cada segundo la distancia se reducía en cien metros. Haciendo un cálculo rápido, descubrió que se movía a más de trescientos kilómetros por hora. Lo cual no le sorprendió tanto. Si le sorprendió, sin embargo, no haber notado la aceleración.

Cuando el indicador de distancia llegó a mil metros, la velocidad se redujo sensiblemente. En ese punto, la isla se veía ya perfectamente definida. Era una media luna dando la curvatura al norte con una zona de acantilados y más alta. La zona sur con una pendiente más suave y salpicada por playas. Ella llegaba desde el este, donde se encontraban unas colinas que conformaban un macizo que terminaba en el mar en Punta Este. El punto púrpura, precisamente, parpadeaba en ese macizo de colinas. En lo alto de una de ellas concretamente.

El Airpod fue aminorando la velocidad y perdiendo altura, hasta los cien metros sobre el nivel del mar. Arsenio se encontraba un poquito por debajo, según la interfaz a doscientos metros. Naiara sintió cómo se le aceleraba el pulso. No podía creer que estuviera tan cerca. De repente escuchó la voz de Erika.

—Naiara, hay problemas, agárrate bien, voy a abrir la compuerta de carga. Recuerda que tienes visión nocturna activada automáticamente.

—¿Qué tipo de problemas?

—Los isleños le tienen acorralado en una peña, en la que resiste. Hay bastantes. Pero de momento está bien. Vamos a intentar hacerlo rápido, y sin que si quiera tengas que bajar. Haremos descender el Airpod a donde está él, lo embarcas y salimos volando. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo! Vamos allá, acabemos con esto cuanto antes.

La compuerta se abrió y el frío de la noche se coló en el receptáculo. Pero ver allí abajo a Arsenio neutralizó a cualquier frío que sintiera. En seguida Naiara estudió la situación. Vio al “compañero” de Arsenio deshaciéndose de un salvaje, y el asedio al que estaban siendo sometidos. No tardó en darse cuenta del dilema moral al que estaba a punto de enfrentarse. Erika se adelantó.

—Naiara, sólo puede montar Arsenio. ¿Queda claro? La misión se abortará si te sales del guión.

—Totalmente claro, Erika.

El Airpod se aproximó a Arsenio. Cuando estaba a unos cinco metros sobre él, Naiara vio cómo Arsenio alzaba la vista hacia ella. Seguidamente pronunció el nombre de ella y su cara dibujó una sorpresa obvia ante algo tan increíble.

—Erika, baja el aripod para embarcar a Arsenio, lo tengo aquí mismo.

—Recuerda que sólo puede montar él —insistió Erika.

El aripod descendió los cinco metros hasta casi rozar el suelo. Arsenio se dirigió a Pecas que estaba con la boca abierta de par en par.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó Pecas anonadado.

—Es Naiara, mi novia —aclaró Arsenio como si se tratara de lo más normal.

Al oír esto Naiara, se dirigió con firmeza a Arsenio y le ordenó:

—Sólo hay sitio para uno. Lo lamento.

En ese momento por detrás de la vía que defendía Arsenio, comenzó a emerger una montaña de carne humana. Era un tipo descomunal, enorme, más de ciento cincuenta kilos. Estaba hincando la rodilla para incorporarse en el borde del peñasco cuando Pecas gritó.

—¡Aparta Arsenio!

Pecas comprendió que, a un hombre de ese tamaño, los garrotes poco le podrían hacer. Pecas salió corriendo todo lo que pudo y esquivando a Arsenio, se abalanzó contra aquel coloso. Aprovechando que aún se estaba incorporando y dada su posición de desequilibrio, aquella mole cayó arrastrada por el fuerte impulso de Pecas. Ambos desaparecieron por el borde dejando un eco de ramas rotas.

Sin pensarlo dos veces Arsenio se introdujo junto a Naiara. Apoyó la cabeza en su regazo mientras comenzó a sollozar.

—Erika, sácanos de aquí —dijo Naiara.

El Airpod se elevó velozmente mientras se cerraba la compuerta.

Fin de la octava parte

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